Hacía tiempo que los filósofos de la Ciudad Extravagante se empeñaron en la ardua y utilísima tarea de desmembrar al Dios Barbado que tanta luz había arrojado, desde tiempos inmemoriales, a la cuenca infinita donde el hombre era Hombre. Como un pequeño colectivo, aventaron excrementos y maderos a los templos no-paganos, que eran todos. Llenaron de terror las enormes almenas de las abadías y conventos, y de mal gusto las bellísimas construcciones que de todo tiempo se impregnaron. Los ángeles y potencias, impávidos sonrieron frente a los rostros libertarios y sanguinarios de los filósofos, quienes se dieron cuenta pronto que sus acciones y palabras eran débiles, contra un enemigo que ni siquiera estaba conciente de serlo. Si era conciente. Si vivía para ello.
Por cuarenta días y cuarenta noches se reunieron los filósofos de la Ciudad Extravagante, con sus barbas largas y rostros afligidos. El más viejo, que vivía porque no encontraba motivos para morirse, hablaba en una lengua tan antigua que ninguno entendió con claridad. Grandísimo problema, si se trataba en este caso de la voz que presidía el concilio.
Así, tras la cuarentena, los filósofos de la Ciudad Extravagante decidieron ir cada quien a predicar lo que quisiera, o hubiera entendido. De igual manera, los ciudadanos los tomaron por locos y embusteros, que posiblemente así eran, pero sin comprender a ciencia cierta por que lo decían.
El más joven de ellos, poblado de bigotes, había permanecido en silencio, ciego y casi tan amortajado como el más viejo de los filósofos. Se puso de pié, y caminó hasta el Pico Simismo, más alto que cualquier sombra en la Ciudad.
"Aquí tengo esta roca" gritó, mirando a los cielos. Acudió el Dios Barbado, siempre en forma de tormenta.
"Jamás podrías hacerla tan fuerte que ni tú pudieras romperla" dijo el joven filósofo, y la lanzó, en dirección a las estrellas.
El Dios Barbado pronto entendió que había caído en una trampa, y soltó un suspiro tan grande que por un momento, la Ciudad Extravagante creyó que en realidad había muerto.
Desapareció la tormenta. Con ella, desaparecieron todas las rocas en la faz del universo.
Cayó de rodillas el filósofo en el universo ya sin serlo. "Milagro" susurró.
Los filósofos, el Dios Barbado y la Ciudad entera, entonces, comenzaron a reír, satisfechos.
jueves, 23 de junio de 2011
domingo, 29 de mayo de 2011
El Día D
Un día, la ciudad fue atacada. Los niños jugaban en el parque, las madres mecían a sus niños. Las mujeres de la calle complacían a sus hombres, y los hombres, remilgaban de sus alimentos. La Ciudad Extravagante estuvo en paz, y cuando pasó el ataque, no hubo marcas de ello.
El enemigo, invisible, cobarde, atacó sin mostrar su forma, ni a su general, que descansaba en las tinieblas. Cuando se retiró, había vulnerado a una ciudad intacta, nueva, resplandeciente, como había sido siempre. Los ciudadanos, asombrados, no registaron muertos, heridos o desaparecidos. Sabían que habían sido atacados, y eso es todo.
Así, de nada sirvieron las imbatibles almenas y los invencibles soldados. Quedó sola y desamparada, y la Ciudad Extravagante vivió lo más terrible del luto a la una de la madrugada.
El enemigo, invisible, cobarde, atacó sin mostrar su forma, ni a su general, que descansaba en las tinieblas. Cuando se retiró, había vulnerado a una ciudad intacta, nueva, resplandeciente, como había sido siempre. Los ciudadanos, asombrados, no registaron muertos, heridos o desaparecidos. Sabían que habían sido atacados, y eso es todo.
Así, de nada sirvieron las imbatibles almenas y los invencibles soldados. Quedó sola y desamparada, y la Ciudad Extravagante vivió lo más terrible del luto a la una de la madrugada.
domingo, 8 de mayo de 2011
El Libertador
Hubo un día quien no estaba de acuerdo con la Extravagancia de la Ciudad. Creyó que vencería a la tiranía con sus palabras, infundido por la antigua deidad de la Apatía. Habló al pueblo, todos grises, quien lo miraron con extraña esperanza. "Yo los haré libres"
Fue entonces con el Regente, quien lo esperaba, con una silueta amenazadora y soberbia. "Me llevaré a mi pueblo" dijo el Libertador. "Llévatelos" contestó el Regente.
La respuesta tomó enteramente de imprevisto al hombre, quien había preparado un larguísimo y sesudo discurso. Le temblaron las manos, los pies y las rodillas. Con el corazón palpitando sin ningún compás, atinó a preguntar "¿Por qué?"
"Llévatelos, o no vuelvas a joder. La libertad es un peso enorme." dijo el monarca, y reanudó sus juegos. Levantó la vista de las formas geométricas, y le dijo "Si vuelvo a verte, ordenaré que te asesinen"
Al volver, el hombre había envejecido algunos años. Los hombres grises portaban antorchas, picos y armas. "Somos libres" atinó a decir.
Había panaderos, herreros, artesanos y granjeros. Asesinos, maleantes, pastores y corderos. Todos, entonces, siguieron al Libertador. Al salir de la Ciudad Extravagante, le preguntaron a donde viajarían. Comprendieron, pues, que no había Tierra Prometida, más que la Libertad. "¿Qué harémos ahora?" preguntó un pueblo cada vez más iracundo. "Perdónenme, planeé la lucha, y aún tengo bajo mi manga las siete plagas. No estaba preparado para la victoria"
El pueblo, pretendió entonces utilizar su libertad para asesinar al Libertador. Tras esto, volvieron a la Ciudad Extravagante.
Fue entonces con el Regente, quien lo esperaba, con una silueta amenazadora y soberbia. "Me llevaré a mi pueblo" dijo el Libertador. "Llévatelos" contestó el Regente.
La respuesta tomó enteramente de imprevisto al hombre, quien había preparado un larguísimo y sesudo discurso. Le temblaron las manos, los pies y las rodillas. Con el corazón palpitando sin ningún compás, atinó a preguntar "¿Por qué?"
"Llévatelos, o no vuelvas a joder. La libertad es un peso enorme." dijo el monarca, y reanudó sus juegos. Levantó la vista de las formas geométricas, y le dijo "Si vuelvo a verte, ordenaré que te asesinen"
Al volver, el hombre había envejecido algunos años. Los hombres grises portaban antorchas, picos y armas. "Somos libres" atinó a decir.
Había panaderos, herreros, artesanos y granjeros. Asesinos, maleantes, pastores y corderos. Todos, entonces, siguieron al Libertador. Al salir de la Ciudad Extravagante, le preguntaron a donde viajarían. Comprendieron, pues, que no había Tierra Prometida, más que la Libertad. "¿Qué harémos ahora?" preguntó un pueblo cada vez más iracundo. "Perdónenme, planeé la lucha, y aún tengo bajo mi manga las siete plagas. No estaba preparado para la victoria"
El pueblo, pretendió entonces utilizar su libertad para asesinar al Libertador. Tras esto, volvieron a la Ciudad Extravagante.
jueves, 5 de mayo de 2011
Orgánico
Verde es la forma que asoma
Es la sombra y el aroma
Es la magia de la broma
Verde es habla que comenta
Es palabra que aconseja
Y enseñanza que despeja
Verde la vida que irradias
Es la forma de tus nalgas
Como vibran tus espaldas
Verde es y no es rosado
Carmesí o colorado
Ni amarillo ni dorado
Eres verde, como bosque
Como selva que se obstina
Como sueño que no esconde
Sigiloso, se avecina
Verde es esta poesía
que es más tuya, que mía
Es la sombra y el aroma
Es la magia de la broma
Verde es habla que comenta
Es palabra que aconseja
Y enseñanza que despeja
Verde la vida que irradias
Es la forma de tus nalgas
Como vibran tus espaldas
Verde es y no es rosado
Carmesí o colorado
Ni amarillo ni dorado
Eres verde, como bosque
Como selva que se obstina
Como sueño que no esconde
Sigiloso, se avecina
Verde es esta poesía
que es más tuya, que mía
martes, 3 de mayo de 2011
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domingo, 1 de mayo de 2011
La Casa Verde.
La primera impresión que tuve, al mirarle lejos, es que no era la misma casa. Estaba el patio, plagado de girasoles y rosas, la fuente del delfín, la puerta café. La fachada es idéntica a como la recordaba, quizás menos color pero la misma vida. Era bella, pero no era la misma. Venía de un mundo distinto al mundo de los sueños.
Miré por sus ventanas entreabiertas. Los muebles estaban radiantes de abandono. Los habían movido. Era un gran misterio el interior de la Casa Verde para mí, que solamente podía soñar con sus pisos alabastrinos, con su dormitorio rosado, con el ardiente fuego en su cocina. Verle tan cambiado y ajeno me dió la sensación de que algo mío, que creí, habitaba en el fondo de mi alma, estaba muerto. Estaba tranquilo, pero vulnerado.
Así, cuando sabía que cada vez que viera el portón de la casa, quisiera llamar al interior, decidí alejarme. Con un dolor muy discreto, que recorría mi espalda entera.
Solamente en sueños, cuando volví a verla, entendí que era la misma. Que todo era nuevo, mágico y perenne, y que no habría poder humano que lo cambiara. Y esto lo comprendí a la mañana siguiente.
Miré por sus ventanas entreabiertas. Los muebles estaban radiantes de abandono. Los habían movido. Era un gran misterio el interior de la Casa Verde para mí, que solamente podía soñar con sus pisos alabastrinos, con su dormitorio rosado, con el ardiente fuego en su cocina. Verle tan cambiado y ajeno me dió la sensación de que algo mío, que creí, habitaba en el fondo de mi alma, estaba muerto. Estaba tranquilo, pero vulnerado.
Así, cuando sabía que cada vez que viera el portón de la casa, quisiera llamar al interior, decidí alejarme. Con un dolor muy discreto, que recorría mi espalda entera.
Solamente en sueños, cuando volví a verla, entendí que era la misma. Que todo era nuevo, mágico y perenne, y que no habría poder humano que lo cambiara. Y esto lo comprendí a la mañana siguiente.
martes, 26 de abril de 2011
lunes, 25 de abril de 2011
Jueves de Silencio
Entre los más supersticiosos de la Ciudad Extravagante, existe un rito inexplicable para el observador fuereño, impredecible, fantástico. Sus raices son ancestrales, antiquísimas, quizás tan viejas que ni la misma tierra, ni el mismo cielo, son capaces de recordarlas.
Aunque la mayoría son ancianos, algunos adultos, jóvenes, e inclusive niños, se levantan antes de extinguirse la última luz de las tinieblas, en la hora más oscura de la noche. Se reúnen todos los que aún conservan la usanza antigua, en el Templo de los Ocho Años. ´Llevan velas en las manos, que encienden todos con la flama del más viejo de la campaña. Forman un circulo, y poco a poco, derraman cera en el oído del de al lado. El grito desgarrador del sufrimiento colectivo perturba un poco el sueño del resto de la Ciudad. Para los que efectúan el rito, poco a poco el ruido se los gritos se extingue, aunque el dolor permanece imperturbable.
Al terminar la vela, que es corta y fácil de derretir, los asistentes caminan por las calles, sin percibir sonido alguno, que el propio latido del corazón y el eco apagado de los gritos nocturnos. Todo el Día Jueves, permanecen con el Silencio Infinito que solamente el sufrimiento puede otorgar.
Aunque la mayoría son ancianos, algunos adultos, jóvenes, e inclusive niños, se levantan antes de extinguirse la última luz de las tinieblas, en la hora más oscura de la noche. Se reúnen todos los que aún conservan la usanza antigua, en el Templo de los Ocho Años. ´Llevan velas en las manos, que encienden todos con la flama del más viejo de la campaña. Forman un circulo, y poco a poco, derraman cera en el oído del de al lado. El grito desgarrador del sufrimiento colectivo perturba un poco el sueño del resto de la Ciudad. Para los que efectúan el rito, poco a poco el ruido se los gritos se extingue, aunque el dolor permanece imperturbable.
Al terminar la vela, que es corta y fácil de derretir, los asistentes caminan por las calles, sin percibir sonido alguno, que el propio latido del corazón y el eco apagado de los gritos nocturnos. Todo el Día Jueves, permanecen con el Silencio Infinito que solamente el sufrimiento puede otorgar.
domingo, 24 de abril de 2011
La Gran Mariposa
La brisa de pronto tomó forma de un ventarrón. Era amable y poderoso, como la primavera y su sol paternal. Un batir de alas inmenso lo formaba. Mecánico y orgánico, dulce como un atardecer de otoño, prácticamente melancólico y sencillo.
Lo enorme de su sombra cubrió poco a poco la Ciudad Extravagante. Era frescor y vida, a pesar de la obscuridad que inundó las calles y asfixió las construcciones. Púrpura, como el misterio, era la noche súbita y artificial que invadió el cielo.
Zumbaba, como el llanto de una humanidad endemoniadamente perdida Sollozos de anhelo, sin tiempo ni espacio, que eran música de victoria y redención. Parecía lluvia, y reafirmaba su aspecto con el polen que de sus alas descargaba a la ciudad entera. Polen que tenía lo sacrílego y triste de la ceniza.
Los Ciudadanos interrumpieron sus actividades para admirar el prodigio de la Gran Mariposa. Como un juicio final de belleza incalculable, por un momento, miles de almas encararon la metafísica escrito en las infinitas alas de la mariposa. Sus palabras, inmemoriables, ininteligibles, proféticas, hacían de ella lo infinito del cosmos sobre la ciudad misma.
La maravilla pudo haber durado la eternidad misma, más aún porque cuando partió, algunos eran ya ancianos, pero otros volvieron a la infancia agridulce. Todavía hay quien duda si la Gran Mariposa era una deidad errante, un desafío, una oda, la locura colectiva de una Ciudad que no hace nada más que soñar lo mismo, cuando el sueño debe ser infinito y bello.
Lo enorme de su sombra cubrió poco a poco la Ciudad Extravagante. Era frescor y vida, a pesar de la obscuridad que inundó las calles y asfixió las construcciones. Púrpura, como el misterio, era la noche súbita y artificial que invadió el cielo.
Zumbaba, como el llanto de una humanidad endemoniadamente perdida Sollozos de anhelo, sin tiempo ni espacio, que eran música de victoria y redención. Parecía lluvia, y reafirmaba su aspecto con el polen que de sus alas descargaba a la ciudad entera. Polen que tenía lo sacrílego y triste de la ceniza.
Los Ciudadanos interrumpieron sus actividades para admirar el prodigio de la Gran Mariposa. Como un juicio final de belleza incalculable, por un momento, miles de almas encararon la metafísica escrito en las infinitas alas de la mariposa. Sus palabras, inmemoriables, ininteligibles, proféticas, hacían de ella lo infinito del cosmos sobre la ciudad misma.
La maravilla pudo haber durado la eternidad misma, más aún porque cuando partió, algunos eran ya ancianos, pero otros volvieron a la infancia agridulce. Todavía hay quien duda si la Gran Mariposa era una deidad errante, un desafío, una oda, la locura colectiva de una Ciudad que no hace nada más que soñar lo mismo, cuando el sueño debe ser infinito y bello.
jueves, 21 de abril de 2011
El viejo Faro de Sevilla
En lo más alto de la Ciudad Extravagante, aunque muchos lo hayan olvidado, existe una construcción pálida y delgada. Su cúpula es dorada con los rayos del sol, al medio día y en la mañana, y en la noche fue luz y vida durante muchos años. Como luz y vida hubo en el delfín de la entrada.
Se podría decir que el Faro de Sevilla nació antes que la Ciudad Extravagante. El brillo que irradiaba llenó por completo el valle donde hoy la Ciudad palpita, y proyectó el aura en las tinieblas de la noche en altamar. Fue el Faro quien egendró los primeros poemas de la Ciudad Extravagante, donde hoy existe el entramado sin sentido que somos.
El Faro es hermoso, aunque destartalado, pero posee lo místico y perenne de lo infinito de antaño. Los ciudadanos nunca vieron al encargado. Se dice que era una creatura de luz, semejante al faro, pero su relación a pesar de esto, era distante.
El quebrar de las olas ahora añora la luz del Faro. Esta en tinieblas la costa, y pareciera que el Faro está en la Ciudad de los ángeles. Suspiro, porque el Faro está extinto, y más que nunca, extraño su luz.
Se podría decir que el Faro de Sevilla nació antes que la Ciudad Extravagante. El brillo que irradiaba llenó por completo el valle donde hoy la Ciudad palpita, y proyectó el aura en las tinieblas de la noche en altamar. Fue el Faro quien egendró los primeros poemas de la Ciudad Extravagante, donde hoy existe el entramado sin sentido que somos.
El Faro es hermoso, aunque destartalado, pero posee lo místico y perenne de lo infinito de antaño. Los ciudadanos nunca vieron al encargado. Se dice que era una creatura de luz, semejante al faro, pero su relación a pesar de esto, era distante.
El quebrar de las olas ahora añora la luz del Faro. Esta en tinieblas la costa, y pareciera que el Faro está en la Ciudad de los ángeles. Suspiro, porque el Faro está extinto, y más que nunca, extraño su luz.
domingo, 17 de abril de 2011
Los Campos de Matusalén
Hay en la Ciudad Extravagante la invisible creencia de que, en el centro del bosque, al otro lado del muro, existe una comunidad silenciosa y eterna. Sus sombras, a veces, acosan a los viajeron, siempre en tránsito, que buscan escapar o entrar en la realidad que plantea la infinitud citadina.
Dicen que son hombres sabios, que esperaron el tiempo adecuado para migrar de sus casas, mansiones, departamentos. En silencio, como vivieron en vida, se dirigieron a la frontera sur de la Ciudad, donde el día es fresco y la noche, helada. Sus pasos fueron livianos, veloces, imperceptibles a la gente. Solamente su madre y su padre, su hermano y su hermana, legal, de sangre o de facto, se percató de la ausencia. Se hicieron como fantasmas, cuando la muerte no había secado sus venas. Se fueron como sombras, a la luz del sol o en las tinieblas de la luna.
Se dice que partieron porque buscaban ser eternos. Pensaron que el esconderse de ella les serviría, pues no hay como la quietud y la belleza para despistar a la guadaña. Que el olor de las flores y los pinos, el rumor de las hojas, el canto de las aves ocultarían su rastro. Por eso se alejaron, viejos y jóvenes, por el miedo y el amor. Así pensaron hacerse invisibles.
Por eso se cree que en el claro más recóndito fundaron los Campos de Matusalén. Que únicamente es posible acceder cuando se está maduro, casi podrido, y no puede haber esperanza o fe en un gramo de su espíritu. Cuando la sabiduría o inteligencia les permite encontrar la puerta, y que de la inmortalidad, no hay vuelta atrás.
Es por eso que, algunos de los que todavía viven en la Ciudad Extravagante, no recuerdan a sus muertos. Solo esperan el tiempo para ser inmortales, allá, en donde la muerte jamás los alcanzará. Donde nadie escucha los llantos, y el sonido de la rama es tan invisible como el sollozo en el mausoléo.
Dicen que son hombres sabios, que esperaron el tiempo adecuado para migrar de sus casas, mansiones, departamentos. En silencio, como vivieron en vida, se dirigieron a la frontera sur de la Ciudad, donde el día es fresco y la noche, helada. Sus pasos fueron livianos, veloces, imperceptibles a la gente. Solamente su madre y su padre, su hermano y su hermana, legal, de sangre o de facto, se percató de la ausencia. Se hicieron como fantasmas, cuando la muerte no había secado sus venas. Se fueron como sombras, a la luz del sol o en las tinieblas de la luna.
Se dice que partieron porque buscaban ser eternos. Pensaron que el esconderse de ella les serviría, pues no hay como la quietud y la belleza para despistar a la guadaña. Que el olor de las flores y los pinos, el rumor de las hojas, el canto de las aves ocultarían su rastro. Por eso se alejaron, viejos y jóvenes, por el miedo y el amor. Así pensaron hacerse invisibles.
Por eso se cree que en el claro más recóndito fundaron los Campos de Matusalén. Que únicamente es posible acceder cuando se está maduro, casi podrido, y no puede haber esperanza o fe en un gramo de su espíritu. Cuando la sabiduría o inteligencia les permite encontrar la puerta, y que de la inmortalidad, no hay vuelta atrás.
Es por eso que, algunos de los que todavía viven en la Ciudad Extravagante, no recuerdan a sus muertos. Solo esperan el tiempo para ser inmortales, allá, en donde la muerte jamás los alcanzará. Donde nadie escucha los llantos, y el sonido de la rama es tan invisible como el sollozo en el mausoléo.
miércoles, 13 de abril de 2011
La balada del Dragón Digital
Cada mañana solía despertar el pueblo sumido en un malestar. Temían de sus casas, sus perros y gatos, sus autos, sus libros, su fe y su trabajo. Pues hicieron suya la triste ambición de hacerle a su monstruo una triste canción. La tarde elevaba y el ser no llegaba, de pies a cabeza la gente temblaba.
Llegaba a ser ya las seis de la tarde y los hombres creían y hacían alarde de haber alejado por fin al demonio de sangre dormido, por siempre, sin techo ni cama, tan solo lejano como una montaña.
Entonces sonaba su trágico paso, terrible, gigante, haciéndo del pobre poblado una mancha tan solo con ver las gigantescas formas del terrible ser.
La Mano Gigante, Dragón Digital, infinita y gallarda, callada y letal, pasaba y sus manos todo lo llevaron. Sus casas, sus autos, sus perros, sus gatos.
La piel era hecha cual fortaleza invisible, tan hecha de engaño, de sangre temible. Sus uñas, tan pulcras, coromadas cual tumbas tomaron lo suyo, lo mío y lo tuyo.
La noche marcaba el final temeroso del dragón digital que no tenía reposo. Robaba y robaba, muy lento, imponente, dejando su huella vital y frecuente. Lo azul y lo guinda, lo gris y dorado la Mano Gigante lo había robado. San Carlos se aprecia de su forma inaudita, la nunca cantada, la sombra perdida.
Llegaba a ser ya las seis de la tarde y los hombres creían y hacían alarde de haber alejado por fin al demonio de sangre dormido, por siempre, sin techo ni cama, tan solo lejano como una montaña.
Entonces sonaba su trágico paso, terrible, gigante, haciéndo del pobre poblado una mancha tan solo con ver las gigantescas formas del terrible ser.
La Mano Gigante, Dragón Digital, infinita y gallarda, callada y letal, pasaba y sus manos todo lo llevaron. Sus casas, sus autos, sus perros, sus gatos.
La piel era hecha cual fortaleza invisible, tan hecha de engaño, de sangre temible. Sus uñas, tan pulcras, coromadas cual tumbas tomaron lo suyo, lo mío y lo tuyo.
La noche marcaba el final temeroso del dragón digital que no tenía reposo. Robaba y robaba, muy lento, imponente, dejando su huella vital y frecuente. Lo azul y lo guinda, lo gris y dorado la Mano Gigante lo había robado. San Carlos se aprecia de su forma inaudita, la nunca cantada, la sombra perdida.
sábado, 9 de abril de 2011
El Último Discurso del Mendigo Predicador
Su silueta, harapienta, apestosa, de repente comenzó a vibrar, silencioso, con la cadencia irregular y jadeante del llanto. Al principio intentó contenerse, a pesar de lo indigno de su estado, pero pareció necesitar un poco de la libertad que solamente las lágrimas son capaces de dar. Creció su miseria, al grado de que una señora, que pasaba con el mandado recién comprado. "Tome, señor" le dijo, mientras le alargaba un plátano maduro. El señor miró con devoción el fruto, y rápidamente tornó su mirada al de la más profunda tristeza. "Gracias, pero no" respondió secamente.
La mujer preguntó, algo sorprendida, cual era la causa de su llanto. La respuesta que obtuvo le sorprendió aún más. "Lloro porque tengo hambre"
Le alargó aún más lo que le ofrecía "Tengo esto, papas, manzanas y tres blanquillos. Solo esto puedo ofrecer. Tome cualquier cosa"
"Es grande su bondad, señora, pero usted no podría mantenerme de por vida. Mi llanto es así, tan lastimero y profundo, porque comeré un plátano, quizás una papa, su despensa entera. Hoy día, habré saciado mi necesidad. Sin embargo, ¿Qué de humano tiene el hecho de que coma? Lloro porque no puedo cubrir lo más escencial en mi existencia, el acto de sobrevivir para mí es una lucha constante. El sueño, el sexo, la bebida. Para mí todo es difícil de alcanzar, y prácticamente imposible de mantener. ´¿Cómo no llorar así? Quedaron entonces relegadas mis aspiraciones más humanas. Sé leer y escribir, pero soy viejo y tullido. No sirvo para trabajo físico, y el mental está reservado únicamente para los aseados de traje. Ni siquiera el crimen es opción para mí. Lloro porque pensé en ser rico y bello, y disfrutar la vida. Porque quise hospedarme en los hoteles más caros del mundo y beber vino de 50 mil dinero. Yo pensaba que mi vida no estaba tan mal por la libertad y el ruido, y la belleza de la Ciudad Extravagante. Pero el hambre ciega, corta los sentidos. Y esa el más básico de los lujos"
Al terminar, había una gran muchedumbre en torno suyo. Sabía que había terminado lo suyo cuando la autoridad se estacionó cerca, y se aproximaron dos de sus soldados. "Cuando menos ya no será una preocupación la comida" dijo, a manera de despedida.
La mujer preguntó, algo sorprendida, cual era la causa de su llanto. La respuesta que obtuvo le sorprendió aún más. "Lloro porque tengo hambre"
Le alargó aún más lo que le ofrecía "Tengo esto, papas, manzanas y tres blanquillos. Solo esto puedo ofrecer. Tome cualquier cosa"
"Es grande su bondad, señora, pero usted no podría mantenerme de por vida. Mi llanto es así, tan lastimero y profundo, porque comeré un plátano, quizás una papa, su despensa entera. Hoy día, habré saciado mi necesidad. Sin embargo, ¿Qué de humano tiene el hecho de que coma? Lloro porque no puedo cubrir lo más escencial en mi existencia, el acto de sobrevivir para mí es una lucha constante. El sueño, el sexo, la bebida. Para mí todo es difícil de alcanzar, y prácticamente imposible de mantener. ´¿Cómo no llorar así? Quedaron entonces relegadas mis aspiraciones más humanas. Sé leer y escribir, pero soy viejo y tullido. No sirvo para trabajo físico, y el mental está reservado únicamente para los aseados de traje. Ni siquiera el crimen es opción para mí. Lloro porque pensé en ser rico y bello, y disfrutar la vida. Porque quise hospedarme en los hoteles más caros del mundo y beber vino de 50 mil dinero. Yo pensaba que mi vida no estaba tan mal por la libertad y el ruido, y la belleza de la Ciudad Extravagante. Pero el hambre ciega, corta los sentidos. Y esa el más básico de los lujos"
Al terminar, había una gran muchedumbre en torno suyo. Sabía que había terminado lo suyo cuando la autoridad se estacionó cerca, y se aproximaron dos de sus soldados. "Cuando menos ya no será una preocupación la comida" dijo, a manera de despedida.
jueves, 7 de abril de 2011
Prestidigitador
Se cuenta que en las calles de la Ciudad Extravagante, hubo, tiempo ha, un hombre de grandes barbas y bigotes. Se presentaba, sin dar nombre alguno, reseña o seudónimo, en completo silencio. Y su elocuente discurso, sin atisbo de ironía, no le valió un nombre. El asombro de su acto sí.
El Prestidigitador le denominaron a este ser de ficción, semejante a un merolico, a un profeta o a un barón. Su andar era tieso y sus formas mecánicas, aunque nunca se supo si era en realidad un retrógrada o un libertador.
Hablaba con las manos, y los pies, y los ojos. Encantando, y en realidad sus palabras nunca importaron. Desaparecía de los niños sus caramelos y juguetes. De los jóvenes sus libros, de los adultos la paciencia. Siempre tan anciano como niño, el Prestidigitador se hizo de un título, un nombre y una serie de acólitos y acompañantes. Había algunos que intentaron sus actos, y sus manos, lentas y torpes, solamente lograron demostrar los demonios del showman.
Se decía que él tomaba a las niñas más asombradas del público, y con sus manos, despojaba de ellas mucho que sin notar, le entregaban. Ciegos eran los del pueblo, y jamás se permitieron las miradas. Así, extendió lento y silencioso, su reino y maña.
El Prestidigitador fue un día echado de la Ciudad Extravagante, por ser ordinario y sencillo, pretendiendo lo inmortal y sublime. Volvió, canado y con hambre, pero siendo el mismo charlatán que intentaba robar las carteras y las bolsas traseras de los caminantes y curiosos. Pronto volvería a comer, carne y vegetales.
El Prestidigitador le denominaron a este ser de ficción, semejante a un merolico, a un profeta o a un barón. Su andar era tieso y sus formas mecánicas, aunque nunca se supo si era en realidad un retrógrada o un libertador.
Hablaba con las manos, y los pies, y los ojos. Encantando, y en realidad sus palabras nunca importaron. Desaparecía de los niños sus caramelos y juguetes. De los jóvenes sus libros, de los adultos la paciencia. Siempre tan anciano como niño, el Prestidigitador se hizo de un título, un nombre y una serie de acólitos y acompañantes. Había algunos que intentaron sus actos, y sus manos, lentas y torpes, solamente lograron demostrar los demonios del showman.
Se decía que él tomaba a las niñas más asombradas del público, y con sus manos, despojaba de ellas mucho que sin notar, le entregaban. Ciegos eran los del pueblo, y jamás se permitieron las miradas. Así, extendió lento y silencioso, su reino y maña.
El Prestidigitador fue un día echado de la Ciudad Extravagante, por ser ordinario y sencillo, pretendiendo lo inmortal y sublime. Volvió, canado y con hambre, pero siendo el mismo charlatán que intentaba robar las carteras y las bolsas traseras de los caminantes y curiosos. Pronto volvería a comer, carne y vegetales.
domingo, 3 de abril de 2011
Leviatán
En lo más profundo de la tierra, en una insípida caverna, existe un respirar eterno y monstruoso. Se duele en el pecho, gigantesco, hecho todo entero de esperanzas y sueños. Es un canto lastimero, certero, hecho todo entero para dejar ir los sueños al otrora altamar, al que el titán solía navegar de día y de noche, hace ayeres, millones, cuando el mundo no era tan complejo, y la existencia era lenta y temible. Tiene sed, y de los mares, solamente queda el recuerdo de agua salada plagada de peces y sirenas. Bebe de vez en cuando el llanto de alguno que, esperando, ha quedado complacido con lo que ve y lo que oye. Se alimenta del pasado, y es inmortal.
Tiene la piel crugiente y seca, invisible para el tacto, el tacto, el gusto y la vista. Se ha hecho una con la tierra, con las raices de órganos y plantas. Es su llanto la soledad entera, y el gigante Leviatán, se rrepiende de haber pedido tanto, cuando sólamente fue exigente y no compartido. El Leviatán lo quiso todo, y quedó solo, y su tristeza es eterna, miserable, audible y hermosa. Y su canto es el rumor que en las noches consteladas llena de melancolía a soñadores que le invocan. Talvez cree él que se culto quedó atrasado, pero existe, sigiloso...
Tiene la piel crugiente y seca, invisible para el tacto, el tacto, el gusto y la vista. Se ha hecho una con la tierra, con las raices de órganos y plantas. Es su llanto la soledad entera, y el gigante Leviatán, se rrepiende de haber pedido tanto, cuando sólamente fue exigente y no compartido. El Leviatán lo quiso todo, y quedó solo, y su tristeza es eterna, miserable, audible y hermosa. Y su canto es el rumor que en las noches consteladas llena de melancolía a soñadores que le invocan. Talvez cree él que se culto quedó atrasado, pero existe, sigiloso...
martes, 29 de marzo de 2011
Luz
Para un amigo, hermano, sin mentira. Ojalá lo leas we. No sé que decir, pero seguramente lo sabré, llegado el momento. Te quiero.
Pensé que las sombras son las devoradoras insaciables. Que el universo entero se tiñe de su sangre azabache, misma negritud que la noche nos regala con descarada belleza. Que todo ser vivo la emana, detrás, como estela maldita, y que la única manera de escapar de ella era unirla a otra sombra, mayor, cubriendo nuestro cuerpo entero.
Que la sombra hace de su reino todo. Que la sombra es discreta, y que se apoderará de todo rastro de bondad y de belleza con su paso lento e implacable. Que la sombra es amiga del tiempo, y en el mundo, esta sustancia invisible, es lo único que existe y no existe a la vez.
La sombra nos invade, incontenible, y dentro de cada ser humano, también busca cubrir de vacio lo completamente bello.
Sin embargo, hubo una vez que esperé encontrar a la sombra sobre alguien, entera, en su completa expresión. En su soledad absoluta, un cuerpo que pasó de la dinámica a la estática. Exhalar sombra, inhalar sombra, hecho uno con la nada.
Ví que, de repente, no había gran oscuridad en su orografía botánica. Que en su piel había surcos, pero que de ellos emanaba, no sombras. Un brillo pálido, alabastrino, mágico, eterno. Este sí, perenne, hecho de la materia misma de la vida y las cosas.
Que la sombra cedió, cuando había ruido, belleza, inquietud y vida. Que la sombra no era nada.
Unicamente existe porque la luz la egendra. Que la luz es, más allá de la sombra. Que la sombra, inclusive, sería una extención de la luz, y no su contraria. Comprendí que no hay sombra. Sólamente luz, que no brilla en este punto, sino en otro, más luminoso e infinito, que jamás comprenderemos hasta encendernos del mismo modo.
Ahora, amigo mío, te invito a ser la luz más intensa. Báñante con el recuerdo, haz de él la amplitud de tus alas, y el batir en tu vuelo. Hazlo por la Luz, y no por su sombra.
Pensé que las sombras son las devoradoras insaciables. Que el universo entero se tiñe de su sangre azabache, misma negritud que la noche nos regala con descarada belleza. Que todo ser vivo la emana, detrás, como estela maldita, y que la única manera de escapar de ella era unirla a otra sombra, mayor, cubriendo nuestro cuerpo entero.
Que la sombra hace de su reino todo. Que la sombra es discreta, y que se apoderará de todo rastro de bondad y de belleza con su paso lento e implacable. Que la sombra es amiga del tiempo, y en el mundo, esta sustancia invisible, es lo único que existe y no existe a la vez.
La sombra nos invade, incontenible, y dentro de cada ser humano, también busca cubrir de vacio lo completamente bello.
Sin embargo, hubo una vez que esperé encontrar a la sombra sobre alguien, entera, en su completa expresión. En su soledad absoluta, un cuerpo que pasó de la dinámica a la estática. Exhalar sombra, inhalar sombra, hecho uno con la nada.
Ví que, de repente, no había gran oscuridad en su orografía botánica. Que en su piel había surcos, pero que de ellos emanaba, no sombras. Un brillo pálido, alabastrino, mágico, eterno. Este sí, perenne, hecho de la materia misma de la vida y las cosas.
Que la sombra cedió, cuando había ruido, belleza, inquietud y vida. Que la sombra no era nada.
Unicamente existe porque la luz la egendra. Que la luz es, más allá de la sombra. Que la sombra, inclusive, sería una extención de la luz, y no su contraria. Comprendí que no hay sombra. Sólamente luz, que no brilla en este punto, sino en otro, más luminoso e infinito, que jamás comprenderemos hasta encendernos del mismo modo.
Ahora, amigo mío, te invito a ser la luz más intensa. Báñante con el recuerdo, haz de él la amplitud de tus alas, y el batir en tu vuelo. Hazlo por la Luz, y no por su sombra.
domingo, 27 de marzo de 2011
Ello's Wonderful Store
El local es grandísimo, y sus luces parecen salidas del más epiléptico anime japonés. Hay grandes altavoces, que rara vez dicen algo, pero su imponente altura hace creer en la eficiencia durante desastres y tragedias. Sus puertas son transparentes, plásticas y automáticas, tan modernas como requieren las trasnacionales capitalistas, y reza en el centro de ambas, el logotipo que se divide en dos al abrirse: Ello's Wonderful Store.
Los compradores son sorprendentemente abundantes para tan ambiguo nombre de la tienda, pero al conocerle mejor, sabemos lo contundente y cierto de la Tienda Maravillosa.
Pasillo 1: Edípicas y Eléktricas. Enormes pechos, barbas y canciones de cuna. La mayor parte de compradores pasan por dos o tres fantasías para lo largo de la semana. Precios económicos y caras sonrientes.
Pasillo 2: Bisexuales, Transexuales y Grupales: Diversión para primerizos. Compradores nerviosos, o descaradamente compulsivos. Platillos para compartir.
Pasillo 3: Digestivos y Estomacales. Todo para dejar un buen sabor de boca.
Pasillo 4: Mascotas. Saldrá ladrando de gusto. Todo para nuestros peludos amiguitos, o amiguitos de lo peludo...
Hay compradores que buscan productos más terribles que las que ofrecen en Ello's. La Ciudad Extravagante no permite estas mercancías. Ni las permitirán nunca
Los compradores son sorprendentemente abundantes para tan ambiguo nombre de la tienda, pero al conocerle mejor, sabemos lo contundente y cierto de la Tienda Maravillosa.
Pasillo 1: Edípicas y Eléktricas. Enormes pechos, barbas y canciones de cuna. La mayor parte de compradores pasan por dos o tres fantasías para lo largo de la semana. Precios económicos y caras sonrientes.
Pasillo 2: Bisexuales, Transexuales y Grupales: Diversión para primerizos. Compradores nerviosos, o descaradamente compulsivos. Platillos para compartir.
Pasillo 3: Digestivos y Estomacales. Todo para dejar un buen sabor de boca.
Pasillo 4: Mascotas. Saldrá ladrando de gusto. Todo para nuestros peludos amiguitos, o amiguitos de lo peludo...
Hay compradores que buscan productos más terribles que las que ofrecen en Ello's. La Ciudad Extravagante no permite estas mercancías. Ni las permitirán nunca
lunes, 21 de marzo de 2011
Corriendo
Hoyendíalagentenosetomaeltiempodeesperaraquelavidalesdésorpresasinesperadas.Siempredeseantenerlotodoplaneadoyensulugar,sereno,sencilloyenvasado.Hastaelvolátilinfanteparecieraestaresperandosólamenteunmomentoparaprobarsucapacidaddesorprenderalhumano.Fracasa,puestoquelagentehoyendíanosedaeltiempodedisfrutardelasorpresa. Amén
domingo, 20 de marzo de 2011
El escritor ciego
Se escucha en la oscuridad el rasgueo de una pluma. O un tecleo. O cualquier otro síntoma de deseo gramático. Su figura, enjuta, seca, imponente, como estatua de antaño, reposa sentada sobre un banquito. En rededor suyo, todo son sombras y silencio. Sus ojos, muertos, son el manto azabache que inunda su realidad entera.
Se escucha en la oscuridad el suspiro de un soñador. O de angustia interna. O cualquier otro síntoma de presencia existencial. Su alma es un torrente, infatigable, eterno, como el Río de Fuego, y su luz pareciera tan desafiante como la oscuridad que la vista le ha otorgado como guía.
El escritor piensa, y su pensamiento es el paisaje, el sol y la vida que requiere. Sus fantasmas son solitarios, invisibles y rosados, plagados todos de la fuerza sobrehumana del anhelo, de la esperanza, y por sobre todo, de la victoria.
Su caligrafía está hecha por la necesidad de la lucha. Ha recurrido a pensar en el ocaso y en crearlo. No lo es posible copiar la imagen, así que ha hecho del papel un ventanal interminable.
Ahora mismo, escribe su epitafio. Ha perdido la noción del tiempo y del espacio, y no se percata de la frescura de su rostro. Siempre creyó que lo suyo era suyo, sólamente, y que la soledad era la cuna de su saber. Al poner punto final, inhala. Una cascada de aplausos vitoréa su trabajo. Comprende, entonces, que a pesar de ser un escritor por amor, inflamó a otros corazónes. El Escritor Ciego, entonces, recuperó la vista.
Se escucha en la oscuridad el suspiro de un soñador. O de angustia interna. O cualquier otro síntoma de presencia existencial. Su alma es un torrente, infatigable, eterno, como el Río de Fuego, y su luz pareciera tan desafiante como la oscuridad que la vista le ha otorgado como guía.
El escritor piensa, y su pensamiento es el paisaje, el sol y la vida que requiere. Sus fantasmas son solitarios, invisibles y rosados, plagados todos de la fuerza sobrehumana del anhelo, de la esperanza, y por sobre todo, de la victoria.
Su caligrafía está hecha por la necesidad de la lucha. Ha recurrido a pensar en el ocaso y en crearlo. No lo es posible copiar la imagen, así que ha hecho del papel un ventanal interminable.
Ahora mismo, escribe su epitafio. Ha perdido la noción del tiempo y del espacio, y no se percata de la frescura de su rostro. Siempre creyó que lo suyo era suyo, sólamente, y que la soledad era la cuna de su saber. Al poner punto final, inhala. Una cascada de aplausos vitoréa su trabajo. Comprende, entonces, que a pesar de ser un escritor por amor, inflamó a otros corazónes. El Escritor Ciego, entonces, recuperó la vista.
sábado, 19 de marzo de 2011
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